jueves, 25 de febrero de 2021

Apuntes sobre periodismo

    A estas alturas del siglo XXI nadie se hubiera imaginado que se cuestionase la libertad de expresión o que se trate de controlar de cualquier medio de comunicación, que viene a ser prácticamente lo mismo. ¿El populismo o el ansia de perpetuarse en el poder pueden llegar a este punto?

 Una noticia debe ser objetiva, nadie lo duda y tiene que contrastarse antes de ser impresa en el papel o arrojada al paralelo mundo de internet, pero jamás debe impedirse la interpretación de la misma.

 También está acaeciendo algo parecido en las redes sociales, las cuales son vías que facilitan una libertad de expresión que, sin embargo, puede recortar un determinado gobierno o ser esclava de los subliminales dictados de las grandes multinacionales que financian a otras empresas de la llamada “The Social Media Family” (Facebook, Twittwer, Instagram…). Buena parte de la información que se vierte en ellas no está verificada o, simplemente, es falsa (los ya tristemente famosos bulos o las llamadas “fake news”). También se emplean para “controlar a la población”, pues ofrecen una supuesta libertad a la hora de expresarte libremente, a cambio de datos personales que Facebook, Instagram o Twitter gestionan para lo que estimen oportuno.

 George Orwel, en su obra maestra 1984, adelanta todo lo que está sucediendo hoy en día: control de la información, vigilancia, una cuestionada libertad de expresión e incluso la imposición de una neolengua por parte de un gobierno. Fue publicada en 1949 y en ella se adelanta lo que será una sociedad futura (1984). Aparece en 1984 el “Gran Hermano” que te vigila a diario (una pantalla que en la actualidad bien podría ser tu ordenador o dispositivo móvil); el “Ministerio de La Verdad”, que destruye o censura determinados periódicos, enciclopedias u otras fuentes del conocimiento con el fin de conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia, mantenida por el Estado; el Ministerio del Amor, que reeduca a la población, inculcando un amor férreo por el “Gran Hermano” y las ideologías del Partido; el “Ministerio de La Paz”, que defiende la guerra: hay menos revueltas sociales cuando el odio y el miedo se pueden enfocar hacia fuera. El Partido somete a la población a un control absoluto de sus movimientos, indicando como deben comportarse y actuar las personas, mediante una vigilancia exhaustiva de sus acciones. También se imponen los dos minutos de odio y lemas como “Guerra es Paz, Libertad es esclavitud e Ignorancia es fuerza”.

  Por otro lado y si hacemos un pequeño recorrido por los orígenes del periodismo,  tendríamos que remontarnos a los siglos en los que se descubrieron los instrumentos técnicos que permitieron llevar al mayor número de lectores las noticias más recientes. Cabría distinguir dos grandes periodos separados por el hito de 1850: en el primer periodo, tras el noticierismo manuscrito de la Edad Media y la aparición de la “gacetas” en el siglo XVI, surge en Francia el primer periodista de la historia, Teophraste Renaudot, quien en 1631 obtuvo una concesión real (más concretamente del cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII) para publicar en exclusiva La Gazette de France, semanal. A partir de 1850, el periodismo es un fenómeno contemporáneo, al conseguirse su universalización con su impresión en rotativas y la captación de la publicidad. Aparece en España la figura de Larra, destacado articulista. Como tal, pueden dividirse en tres etapas bien definidas: periodismo  ideológico, informativo y de explicación. Jamás nadie dudó de las informaciones aportadas por Renaudot o Larra y tampoco nadie las censuró. En el caso del español, tampoco pudo con él la época de inestabilidad causada por la guerra civil (carlistas contra isabelinos) tras la muerte de Fernando VII.

 En resumidas cuentas, la culpa de todas estas polémicas podría residir en esas ideologías de los medios de comunicación, en general; líneas editoriales propias que conocen y suelen compartir sus receptores. En la medida en que toda ideología desea propagarse, hay en los medios una intención más o menos consciente de propaganda: aspiran a que sus opiniones sean compartidas por el mayor número posible de ciudadanos. Hasta este punto ha llegado la radicalización de las ideologías políticas: leer, escuchar y ver lo que dicta la pasión; hacer caso omiso al razonamiento, a la moderación y al sentido común que acompaña a la tolerancia.

 


domingo, 14 de febrero de 2021

"Por los presentes y por los ausentes", a mi amigo Javi Díaz

  Magec bajó para citarse con la Pared de Roberto: alta, elevada…Y allí escuchó el rumor del viento por primera vez, uniéndose Javier para siempre a la Caldera de Taburiente. No quiso irse antes de tiempo, porque todos conocíamos su fuerza vital y su férreo caparazón para capear los más duros temporales. Nunca agachó la cabeza, siendo él precisamente una de esas personas que pensaban que “el trabajo es simplemente un medio”. Si tocaba dejar algo por hartazgo, lo hacía sin ningún tipo de problema o trauma. Sus motivaciones se encontraban en las tradiciones y en las costumbres canarias, ¡siempre la Patria Canaria presente en su vida…! 

     Mi amistad con Javi era una de estas de las que no se sabe muy  bien el origen, aunque con el paso del tiempo te imaginas que la primera vez que nos dirigimos la palabra o que jugamos juntos sería en uno de los famosos cumpleaños de Chechú en La Placeta, aquellos que rápidamente organizaba y finiquitaba Mari Tere, amiga de mi madre y de la de Javi.

 En la siempre barnizada puerta de entrada y justo al lado de su cuarto se colocaba Chechú, tal taquillero cobrando entradas, asegurándose siempre de recibir su cumpleañero regalo y dejando paso al comedor de la casa, siempre iluminado desde una ventana que daba a la huerta. Alguna vez celebraríamos también el de Armando, el hermano de Chechú, quiero imaginar…¡O que a todos estos eventos los denominásemos “el cumpleaños en la casa de Chechú”! Lo cierto es que el nombre oficial de la celebración era “el cumpleaños en la casa de Chechú”. También todo el mundo tenía clara la táctica en esas celebraciones: había que llegar temprano e intentar comer todas las papas fritas y sándwiches de salsa de anchoa que pudieras, acompañados de refrescos Nik de naranja o de fresa, porque Mari Tere siempre nos enviaba a “La Plaza de Abajo” antes de tiempo.  De poco servía buscarte la excusa de meterte en el cuarto de Chechú para ayudarle a abrir los regalos y así darte un salto al siempre soleado comedor, porque el grito de Mari Tere penetraba en cualquier cuarto y te recordaba que debías abandonar la casa. Era el tiempo de asueto de los mayores, como así corroboré una rara vez que regresé antes de tiempo de La Plaza por culpa de un dolor de cabeza. 

   “La Plaza de Abajo” y “La Plaza de Arriba” eran nuestras ludotecas al aire libre. Allí celebrábamos partidos de fútbol con pelotas de tenis, retando siempre a los policías municipales que se encargaban de que se cumpliera la prohibición de jugar allí al balompié; organizábamos no permitidas, que no ilegales, carreras de monopatines y bicicletas; gamberradas varias...¡Pero sobre todo,  jugábamos a los “Hermanitos”, esa mezcla de pillada y escondite que tanto nos gustaba!   

   Y fue precisamente en esa Plaza de España cuando ya Javi y yo entablamos oficialmente nuestra amistad, porque gracias a un partido de baloncesto que celebraba allí la incombustible Marisol Van Baumberghem ya nos caímos bien. Los entrenamientos de baloncesto con Marisol entablaron amistades de personas que alguna vez se conocieron, aunque no eran conscientes de las mismas. Elías, Javier “el ganso” (así apodábamos por aquella época a Javi Díaz), Pulido y muchos otros comenzamos la aventura del baloncesto y perpetuamos eternas amistades.  

  Javier era de Los Llanos y se crio con nosotros. Su padre es de El Paso y allí tenía, y sigue poseyendo, una finca de naranjas a la que solíamos ir después de algún partido contra los pasenses. Años más tarde, la Familia Díaz Hernández se mudó a la Ciudad de Los Almendros y desde entonces reside en la casa que estaba próxima a esas huertas de naranjas. En una de las lonjas de la casa fundamos la “Bodega de Miguel Díaz”, auténtico nido de borracheras con las que bautizábamos nuestra juventud. Era el comienzo de lo que luego eran aventuras por las noches llanenses, pasenses o bagañetas; siendo a su vez la perfecta excusa para reunirnos y salir todos juntos; eso sí, con unas borracheras bastante importantes, todo hay que decirlo…¡Y si no, qué se lo pregunten a Clodo, Ñaco, Alexis y compañía!  

  El mismo ritual se repetía en el piso que la Familia Díaz Hernández tenía en Santa Cruz de Tenerife, lugar también de las acciones de Fernando Esteso, símil que se me ocurrió luego del accidentado encuentro para nada esperado que tuvieron una ex de Javi con la que era su novia por aquella época…No es que él fuese infiel por naturaleza, ni mucho menos, sino que así actuó después de que a él le destrozaran el corazón por primera vez en la relación amorosa más tormentosa y embarrada que se recuerda.   

   Ese piso de Santa Cruz fue también testigo de algunas fiestas previas al Carnaval, al que se apuntaban exiliados palmeros por motivos de estudio y de baloncesto, siempre baloncesto. Horas y horas de cancha con miles de tiros al aro lo llevaron a proclamarse campeón de Canarias Junior con el UNELCO Tenerife y dejar luego su imborrable huella en el Torneo de Verano Aridane. Y precisamente en esa estival competición protagonizó el hecho insólito de “pelearse” con un mismo compañero de equipo en una rueda de entrenamiento previa a un partido, clara muestra de que era un animal competitivo que buscaba siempre no solo su máximo rendimiento, sino el de todo el grupo. Le gustaba ganar y empujaba a sus compañeros hacia la victoria, pero también sabía perder.        

    ¡Y comenzó el epílogo en Planeta Garafía!  Nuestras expediciones a Las Tricias llegaron a convertirse en obligadas citas cada mes… Fue todo un pictórico y auténtico descubrimiento para Javier y para toda esa pandilla que formamos unos amigos de amigos que llegamos a ser inseparables en época de crisis postcarreras, esos periodos intermedios que comprenden el final de los estudios universitarios con el inicio de un posible trabajo temporal “en lo que sea”, como se solía decir. La familia del amigo José Luis, alias José Winston, tenía en esa zona de la isla una casa antigua y una amplia huerta con un pequeño estanque. Junto a este, y utilizando una de sus paredes, un improvisado asadero…Justo enfrente, un antiguo aljibe de agua que nos servía de auténtico escenario de "nuestros cómicos shows". Allí contaba sus chistes José Luis, acompañados de la sonoridad de mis vulgares y estruendosos eructos: toda una mezcla de poco entendido humor para los profanos, destronchante risa para los amigos y que provocaba unas interminables carcajadas etílicas a todo el mundo. El humor de José Luis solo era comprensible por la forma en que versionaba los chistes del famoso Eugenio y de una escandalosa risa que contagiaba a quienes lo escuchaban. Hubo ocasiones en las que también se atrevió a tocar un acordeón, en una especie de sonoro recuerdo de su fallecido y querido padre. 

    El vino tinto era protagonista desde temprano, previo paso por algún bar de Tijarafe o Puntagorda donde nos refrescábamos con alguna cerveza y comenzábamos a "hacer fondo", como se solía decir en aquellos tiempos de alcohólicos excesos.

   La organización de esos parranderos sábados comenzaba los viernes por la tarde en la casa de Los Dos Pinos del propio José Luis, con la preparación de filetes de pollo en salmorejo y la provisión de buen vino. Había ocasiones en las que nos ofrecíamos a echarle una mano a José Winston en la construcción de un pequeño baño en la huerta de Las Tricias, en cavar unas papas o en tratar de sulfatar unas uvas que nunca fueron vendimiadas, pues siempre se las robaban antes de poder ir a recolectarlas. Misteriosos actos del Norte de La Palma, en esa Garafía profunda donde las piezas de un lagar de madera de tea van desapareciendo como por arte de magia cada año, provocando indignación y disgusto en el dueño de tan preciada antigüedad.  

     En uno de esos tenderetes, el pequeño baño que improvisamos con ladrillos apalabrados fue destruido por una de mis escandalosas borracheras; en otras, descubrimos el “Charco de los Chochos” o Lomada Grande, lugar en el que también los amigos se dieron cuenta de que la pesca no era lo mío y que debía dedicarme a otro pasatiempo.

Las parrandas de Las Tricias duraban hasta que el cuerpo aguantase, pues mientras algunos íbamos a dormir la mona al anochecer, después de unas azafranadas, violáceas y frías puestas de sol, para Javi y algunos más comenzaba la noche en el bar-tienda-sala de juegos de Las Tricias, retando a los viejos del lugar a tomar unos rones, echar unas partidas de futbolín y billar o tratar de jugar a las cartas o al dominó.

   Ahí fue precisamente cuando el amigo Javi se enamoró de Las Tricias, de Garafía y de su autenticidad, como le gustaba a él describir las costumbres y tradiciones de su paraíso, de su Planeta Garafía.

   Poco a poco fuimos aventurándonos todos en nuestros destinos: unos se trasladaron a vivir al otro lado de la isla, otros consolidaron sus proyectos familiares y yo comencé mis aventureras andaduras en el mundo de la Educación, tomando como destino las islas orientales primero y Chicago después, cumpliendo mi tan ansiado sueño de “hacer Las Américas”.

    Mientras tanto y sin que nos diéramos cuenta, Javi se fue aislando en Las Tricias, comenzando así la última etapa de su vida. Allí disfrutó de los últimos años de su feliz existencia, porque cultivó la amistad con los garafianos y con personas que, como él, también se enamoraron de esa parte olvidada y paradisíaca del norte de la Isla Bonita. Fueron años de aventuras, de enriquecimiento histórico y cultural; pero sobre todo de mimetismo con una tierra y un espacio con el que se integró y se fundió en uno solo. Ayudaba a sus vecinos en sus duros trabajos y aprendía de ellos y de sus oficios. Llegó a publicar un pequeño libro de investigación sobre dichos, refranes y canciones del lugar, en forma de cuchufletas. Creó un pequeño museo benahorita en el CEIP de Santo Domingo y dejó su huella en forma de bancos que miraban al mar en El Tablado o en Don Pedro. Pateó senderos con su inseparable hermano Nando, quien le contagió su amor por la fotografía. Y sufrió un injusto y mortal accidente en su última aventura, justo en el sitio donde había encontrado la paz espiritual y todo un tesoro arqueológico. 

   Javier siempre decía que si las puertas de la Educación se le cerraban, no se le caerían los anillos para tocar en otras y trabajar en lo que fuera con la intención de poder seguir llevando a cabo esa vida de descubrimiento de su “Planeta Garafía”, de cultivarse intelectualmente con las lecturas de su referente literario, Eduardo Galeano, o simplemente con el disfrute de hacer radio y conseguir difundir sus gustos musicales entre los habitantes de ese norte de La Palma, tal Chris Stevens en Northern Exposure (‘Doctor en Alaska’). 

   Hay quien afirma que entre el arremolinado viento de los barrancos de Garafía se siguen escuchando voces, pero ahora mezcladas con aquellas ondas de Radio Luz por las que transmitía el amigo Javi su amor por la buena música y su auténtica sabiduría de las costumbres del Pueblo Canario, de aquel que tiene clara su identidad y su origen.

    Nadie se esperaba, ni siquiera imaginaba, que toda la vida de Javier se precipitara así: un accidente en un precipicio… Descansa en paz, amigo Javi, y pronto nos “echaremos unas palabras y unas risas” ahí arriba, junto con mi hermano y tantos otros que por una causa u otra se nos han ido antes de tiempo. Seguiremos honrando tu memoria y asegurando que nadie se precipite a la hora de juzgarte, porque como tú bien decías: "de todo lo que me dijo, me quedé con lo que vi..."  





      




domingo, 26 de abril de 2020

"Centenario de la muerte de Galdós", Pedro R. Mederos Díaz


No hace mucho y al comienzo de esa “primera crisis económica del siglo XXI” que tanta indignación produjo en la ciudadanía, nuestro paisano Galdós volvió a ser rescatado de la nada para tildarlo de “visionario”…No se sabe exactamente quién recordó las frases de uno de sus ensayos, “La fe nacional y otros escritos”, en las que afirmaba:  

  Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria…”

  Mucho se ha rumoreado sobre los sentimientos de nuestro paisano Benito Pérez Galdós, todos ellos referidos a su “españolismo”, asociado a su vergüenza o complejo de ser canario. Hay quienes aseguran que nuestro novelista, en un símbolo de desprecio hacia la tierra que lo vio nacer, se sacudió sus zapatos de polvo (o de tierra) en el barco que lo llevaría a la Península Ibérica (algún testigo asegura que el gesto de desprecio fue evidente). Jamás afirmó Galdós que renunciara de su condición de canario o que sintiera vergüenza de ello, pues de todos eran conocidas sus visitas al Hogar Canario de Madrid. Sí es cierto que en sus obras apenas mencionó a Canarias y sí a Madrid, a su querida ciudad de Madrid, y en menor medida a Santander, lugar donde pasaba gran parte de sus vacaciones y donde llevaba a cabo el “locus amoenus” con su amante Emilia Pardo Bazán. De todas formas, hay un cuento que publicó con el título de Necronología de un prototipo, en el que el protagonista es un palanquero de la Catedral de Las Palmas. Lo editó en Ómnibus y el relato se publicó aquí y no en la Península (una obra con muchas influencias de Bécquer, de un mundo romántico y desvalido).

  En sus últimos años y a raíz del relevo de su hermano de la Capitanía General de Canarias, Benito Pérez Galdós se da cuenta de que su identidad difería de la del español, en una carta dirigida a Fernando León y Castillo, entonces gobernador de Canarias:
  
“Mi querido D. Fernando: ya sabes que Weyler relevó a mi hermano de la Capitanía General de Canarias. El motivo no ha sido otro que dar gusto a los militares que allá se han empeñado en tratarnos como a raza inferior. Lo que hay es que en nuestra provincia, que antes de la pérdida de las colonias era la última en la jerarquía administrativa y territorial, ahora ha venido a ser la primera. Pero nuestros hombres de Estado, que por lo visto carecen del don de hacerse cargo, no lo han comprendido así todavía, y Canarias, en el pensamiento de estos señores, continúa aún en las antípodas. Que allá se manda lo peor de cada casa bien a la vista está, que nos tienen por...cubanos o cosa así, también está demostrado por la conducta despectiva y arrogante del elemento militar. Entre febrero y marzo pienso volver a ese gran París, donde entre otras ventajas y dulzuras tienen uno la de descansar de ser español”.

Hace unos años, el filólogo Manuel García Ramos afirmaba no haber podido encontrar esta carta, pero sí la de respuesta de Fernando León y Castillo a la primera misiva:

Mi querido Don Benito, dices verdades como puños a propósito de Canarias. Cuanto tú me dices me lo tengo yo tragado. El relevo de Don Ignacio de la Capitanía General de aquellas islas ha sido un inmenso error. Tu hermano era allí una garantía de concordia y acierto. Supones bien al suponer que yo he de tratar a fondo la Cuestión de Canarias. Tú y yo tenemos ese deber como españoles y como canarios. Ferreras puede, si quiere, ayudarnos mucho con su influencia cerca de Sagasta y con la autoridad que tiene El Correo. Cuando nos veamos hablaremos de todo esto y tiraremos las primeras líneas de la campaña que indudablemente tendremos que hacer. Mucho me alegraré de verte pronto por aquí, según me anuncias en tu carta. La Reina Isabel me ha preguntado dos o tres veces cuándo vuelves. Mi familia te envía sus cariñosos recuerdos y yo me repito siempre tuyo buen amigo y paisano criollo”.

Como afirma Manuel García Ramos: 

La administración colonial estaba cometiendo demasiados errores con Canarias y hombres influyentes en la Corte, como Pérez Galdós, como León y Castillo, se situaban al lado de las islas frente al poder metropolitano. Ambos se plantean hasta iniciar una campaña en defensa de los intereses de su archipiélago atlántico. Por otra parte, es muy significativa la despedida de la carta de Fernando de León y Castillo, cuando trata a Pérez Galdós de amigo y paisano criollo. El criollismo era todo un movimiento de conciencia social y política surgido en la América hispánica desde el siglo XVII, fortalecido a lo largo de todo el siglo XVIII y responsable de los procesos de emancipación de las colonias del otro lado del Atlántico.

Todo esto está lejos del discurso de Benito Pérez Galdós en Madrid, cuando un grupo de cincuenta canarios lo homenajean el nueve de diciembre de 1900:

vivirá siempre el alma española.... Tengamos fe en nuestros destinos, y digamos y declaremos que no se nos arrancará por la fuerza, como rama frágil y quebradiza, del tronco robusto a que pertenecemos”.

Sin pretender caer en dicotomías del tipo Canarias versus España, porque no las hay en la actualidad (es un hecho el sentimiento españolista exacerbado que dejó en Canarias la herencia nacional-católica de Francisco Franco, sobre todo después de que los catalanes hayan pretendido votar en referéndum una posible autodeterminación) nuestro novelista dio un viraje en sus últimos años, al igual que lo hiciera Nicolás Estévanez Murphy, militar español en Cuba (capitán) que pidió su baja del Ejército (Nicolás se indignó cuando tuvo que ver el fusilamiento de ocho jóvenes estudiantes cubanos. Ahí fue cuando afirmó: “antes que la Patria están la humanidad y la Justicia”. De fuertes ideas republicanas, pidió la autonomía de Cuba y Canarias desde el exilio).   
                      
       Vida y obra                                                                

Don Benito en su casa
 Benito Pérez Galdós, el más importante novelista español del siglo XIX, nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. En 1862 se fue a estudiar Derecho a Madrid y allí residió el resto de su vida. Precisamente las calles y el ambiente de Madrid, que él llegó a conocer como nadie, serían después el escenario de muchas de sus novelas. Sin interés por el Derecho, carrera que nunca terminó, se dedicó por entero a la literatura, siendo nombrado académico de la Lengua en 1869.
  Desde un punto de vista ideológico, se definió desde joven corno progresista y anticlerical. Con el paso del tiempo, sus ideas se fueron radicalizando y adoptó posturas republicanas próximas al socialismo.
 Sus últimos años no fueron fáciles: pasó apuros económicos (para remediarlos probó fortuna en el teatro), perdió la vista y sus enemigos ideológicos impidieron que se le otorgara el Premio Nobel. Murió en Madrid en 1920.
  Además de su producción teatral (veinticuatro obras sin demasiado éxito, algunas de ellas adaptaciones de sus novelas) y periodística, Galdós escribió setenta y siete novelas, a través de las cuales se puede reconstruir la vida española del siglo XIX. Todo en ellas, personajes, escenarios, etc., es producto de la observación directa de la realidad; la sociedad española de la época es su materia narrativa y su fuente de inspiración.

      Lo que pensaba sobre la novela

  Aunque Galdós no expresó nunca en forma sistemática una teoría acerca de la novela, podemos conocer algunas de sus ideas fundamentales en su concepción del novelar a través de sus dos ensayos: “Observaciones sobre la novela contemporánea en España”, publicado en 1870, al comienzo de su carrera novelística, y su “Discurso de recepción en la Real Academia Española”, en el año de 1897.
  En el primero de ellos, habla de la creación de una novela nacional de caracteres, basada en la pura observación. Además, esta futura novela nacional debería apoyarse en la recién formada clase media como material directo para sus construcciones artísticas. Galdós la llamaba "novela moderna de costumbres", es decir, la constitución de una novela de caracteres, basada en la observación directa (novela realista) y cuyo radio de acción había de ser la clase media española. En esta primera declaración del incipiente novelista, destacan tres aspectos importantes: 1) la novela ha de ser novela de caracteres; 2) la novela ha de basarse en la observación y mantenerse fiel a la realidad; 3) el tema de la novela debe ser la clase media española.
  En el segundo ensayo, compuesto después de haber dado cima a las obras más importantes de toda su producción, el autor revierte a estos mismos postulados, pero escoge como tema de su discurso el de “La sociedad presente como materia novelable”. El autor canario renuncia a hacer un estudio de la novela como arte propiamente dicho, ya que se desentiende de "la imagen representada por el artista”. En primer lugar, Galdós se refiere al hecho de que la sociedad que va a ser el modelo de su obra adquiere una doble función: primero como público lector; segundo como juez que califica severamente la imagen que tiene ante sus ojos. Ahora bien, este público lector asume intempestivamente otra función, o sea, la de autor que engendra las obras que él mismo lee, suplantando, al parecer, la obra del artista.
  Las características de esta sociedad, que constituye el material novelable, tienen un matiz de orden sociológico; sobresale, en primer término, la falta de unidad y de cohesión social, la cual se manifiesta de diversos modos: en la manera de constituirse los grupos familiares, en la zona misma de las creencias, en los hábitos y actitudes personales, en las instituciones políticas y aún en la esfera del sentimiento. Según el autor, el aspecto que ofrece esta masa amorfa es el de la descomposición, a causa del desmoronamiento de las antiguas clases sociales y su readaptación a la nueva realidad.
Al postulado de la observación directa de la realidad, viene a añadirse el de la humanización de los caracteres basada en su irreductible individualidad. Ahora bien, éste es precisamente el camino del verdadero realismo que Galdós tan asiduamente cultivó. Al proclamar que el nuevo orden social traía como consecuencia la destrucción de los tipos genéricos en el arte, la novela moderna tenía que decidirse por el análisis desnudo de los caracteres individuales, con sus singularidades propias y sus más íntimos sentimientos y pasiones: el artista debía proponerse la tarea de una reconstrucción veraz de la vida humana.
      
            Galdós y los realistas de su tiempo
   
 De Charles Dickens, quien no llegó a ser un novelista verdaderamente nacional, recibió la influencia del profundo conocimiento de su pueblo.  Su estilo podría llamarse “picaresco”, en el sentido de que muchos de sus libros consisten en una sarta de incidentes e infortunios sufridos por el mismo personaje. De aquí que el Pickwick de Oliver Twist pudo haber sido un referente para la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós. Después de Pickwick, Dickens abandonó el estilo picaresco y se dedicó a escribir muchas novelas extensas y con una trama novelística que les da unidad. Pero además de la trama novelística que hay casi siempre en las novelas de Dickens, siempre muestra una crítica a algo que se debe reformar en el país: los orfelinatos en Oliver Twist, los tribunales en Black House o las prisiones en Little Dorrit, por ejemplo. Aquí se distingue Dickens mucho de Balzac, que era un escritor esencialmente tradicionalista, nada reformador.
Charles Dickens logró reflejar perfectamente el mundo de la infancia, algo en lo que coincide con Galdós. A diferencia de Dickens, lo cómico en Galdós procede de condiciones universales humanas. Charles Dickens saca lo cómico de circunstancias locales, sociales o convencionales.
También en Dickens hay una tendencia hacia lo neurótico, las exageraciones y lo morboso; sus personajes son buenos o malos, es decir, poco flexibles.

 También influyó en Galdós el autor Balzac, quien es mucho más nacional que Dickens y que precisamente en este aspecto influye en Galdós. El canario se dedica a retratar la sociedad española, al igual que el galo hace lo propio con la francesa (se ocupó casi exclusivamente de retratar la sociedad francesa). La Comedia Humana es de los cuadros más variados y sorprendentes de toda una sociedad. Eso sí,  La Comedia Humana prescinde casi enteramente de incluir a personajes de la clase trabajadora, excepto cuando son campesinos (debido, seguramente, al hecho de escribir Balzac antes de que llegara la revolución industrial).
  Otro aspecto en el que coincide Galdós con Balzac es en el de los personajes que aparecen en varios libros, es decir, un mismo personaje de una novela puede aparecer en otra, creándose de este modo “la impresión de mundo propio y autosuficiente, de un mundo donde el personaje no vive limitado a un círculo reducido…la reaparición de los personajes contribuye a humanizarlos y permite verlos como a los hombres se les ve en la vida cotidiana a través de miradas diversas y en momentos distintos”.
  La interpolación de elementos morales: la observación y simpatía con que retrata Balzac la aristocracia y la clase media (muy especialmente la aristocracia) son excepcionales. Balzac es un entusiasta del gobierno de la clase alta y un gran defensor del catolicismo, aunque en absoluto del Clero, llegando a críticas tan sañudas y mordientes como El cura de Tours. En cambio, el revés de la sociedad contemporánea nos pinta una sociedad secreta de aristócratas católicos que dedican sus vidas a la religión.
Lo folletinesco se hace inevitable a estos autores, en una tradición que heredan de etapas anteriores.

Y ya por último, Dostoievsky, cuyas semejanzas estriban en la creación de personajes con “mirada profunda” y “perspectiva múltiple”, alejados totalmente de la rigidez y el monoplano y encaminados a que su carácter fuera modelado por el punto de vista de los demás personajes. 

 Muy lejos de su época, el escritor canario recibe la influencia de Miguel de Cervantes, pues Galdós fue un ávido lector de las obras cervantinas. Ambos sienten una actitud entrañable hacia el hombre; no hacia la humanidad en abstracto, y procuran integrar lo real y lo maravilloso o la cordura y la demencia, sirviéndose del contraste entre diversos aspectos de la realidad para conquistar una verdad más compleja…una verdad total.
Son también rasgos quijotescos el humor, la socarronería, la proximidad al pueblo, el sentimiento moral o la concepción perspectivista de la realidad. También el concepto de Naturaleza y sus relaciones dialécticas con el ser humano: aquellos personajes que transgredían el orden natural eran castigados por ella.

            El Naturalismo

  Uno de los rasgos naturalistas de Galdós era el procedimiento experimental, detallista.  También compartía con los naturalistas la intuición de buscar el sentido de lo humano integral en lo más bajo y miserable (tanto en la sociedad como en el individuo). Estos instintos se manifiestan libres y sin ningún dominio de una idea superior que los ordene y que los arregle (hay ejemplos de ello en Fortunata y Jacinta).
 Ya por último: la importancia de considerar al individuo en relación con el hecho social.

   Por el contrario, Galdós rechaza al Naturalismo  en los siguientes aspectos:
- En Galdós, tiene mayor importancia el amor, como sentimiento del alma; en clara oposición al simple erotismo o sexo de los naturalistas franceses.
- También Galdós estaba en contra del determinismo, es decir, todo acontecimiento físico, incluyendo el pensamiento y acciones humanas, está casualmente determinado por la irrompible cadena causa-consecuencia y, por tanto, el estado actual "determina" en algún sentido el futuro.

               Lenguaje

  El autor canario no era precisamente amante de la formas, pues éstas iban claramente en contra de plasmar la realidad tal y como es. Galdós buscaba la sencillez y se despreocupaba por las ataduras de las formas, en un claro intento de reflejar en su obra cómo hablaba y se expresaba realmente la sociedad de su época. Así, Galdós recurría incluso a reproducir el lenguaje de las clases medias y bajas, e incluso las germanías (jerga empleada por presos, por criminales, etc.).
Los diálogos de los personajes era una forma clara de lograr caracterizarlos.


             

      Técnicas descriptivas y narrativas

   Entre las técnicas descriptivas, Galdós empleaba la llamada descripción dinámica, es decir, la ausencia de detenimiento sin perder por ello la precisión a la hora de hacer más creíble a los personajes.
  La imagen reveladora, que produce una caracterización certera de personajes, tanto principales como secundarios (por medio de una metáfora, de una comparación o de una metonimia).
 También empleaba Galdós la imagen continuada, o lo que es lo mismo: concentrar la atención del lector en la caracterización de una situación o personaje sin fijarla rígidamente. Con ellos se puede crear imaginativamente un mundo y sus gentes o trazar el contorno de un alma.
  Benito Pérez Galdós aspiró siempre  a conseguir el llamado narrador objetivo, aquel que trata de no influir en el lector con la ausencia de la adjetivación.
Otra técnica empleada era  la forma dialogada, consistente en el empleo de diálogos que ayuden a dramatizar el desarrollo de la acción en sus novelas de situaciones. Si bien esta técnica ayudaba también a caracterizar al personaje, no ayudaba a la hora de que éste expresara sus sentimientos, deseos o impulsos o afectos inaccesibles a la palabra; por lo que recurría a insertar relatos de sueños o estados en los que la razón queda desechada, como los estados de locura de algunos de sus personajes o las visiones de otros. La iluminación de esos ámbitos oscuros aportará una visión completa del hombre y del mundo.
 También Galdós hizo uso del monólogo interior: A través del mismo, podemos conocer los pensamientos de los personajes, la tensión de los caracteres, conflictos planteados y aún no resueltos, deseos reprimidos, etc. El mérito de Galdós reside en dar la sensación de que piensa el personaje y no el autor.
 Otra técnica empleada es el género epistolar, mediante el cual da a sensación de que habla el personaje y no el autor; a la vez que los hechos se presentan de forma eslabonada y no sistemática: el lector no recibe más información que el lector personaje de las cartas (se ve en Doña Perfecta).
Técnicas impresionistas: realización de una descripción coloreada, por la atención a los detalles exteriores y a la fijación de una escena o un personaje mediante acumulación de pormenores: aromas, colores, ruidos.
 A pesar de todos estos procedimientos, Benito Pérez Galdós era consciente de que no era posible un total distanciamiento del autor de su obra, y explícitamente lo reconoce en el prólogo de El Abuelo.
  La maestría del lenguaje galdosiano ha sido muchas veces ponderada y otras veces denostada, pero el lenguaje popular, la lengua viva en las familias o en la intimidad de los amantes, ha sido estudiado con esmero para comprobar que los personajes representan las hablas de las diferentes capas sociales.
 El dominio del registro humorístico y todos sus territorios adyacentes como la ironía, la parodia, la caricatura y los elementos grotescos (así como los sueños, alucinaciones, fantasías y símbolos) van ampliando su frecuencia e importancia conforme va llegando su última etapa novelística. La novela de Galdós ha sido considerada la suma del español del siglo XIX donde el caudal léxico, la fraseología popular y coloquial, el descenso hacia el amaneramiento de la jerga oratoria de los políticos o el encanallamiento expresivo de la plebe, tiene una manifestación excelsa. Es el gran artífice del lenguaje oral, del que se sirve para los más variados recursos y provee de sutiles complejidades afectivas y psicológicas. Está en la línea de la oralidad que se abre con La Celestina y El Lazarillo de Tormes. Galdós llega a una solución de síntesis entre recursos lingüísticos y discursivos de la lengua viva.   

          Trayectoria vital, ideología literaria

Si bien Galdós tuvo influencias del Naturalismo francés en 1884 y en 1885, se desvinculó totalmente de las mismas, al igual que lo hicieron Emilia Pardo Bazán o Leopoldo Alas Clarín, quienes se desmarcaron totalmente de Emilie Zola.
Galdós tenía claro que ya el Realismo español tenía precedentes claros en clásicos como El Buscón de Quevedo, El Lazarillo de Tormes, en El Quijote de Miguel de Cervantes o incluso en La Celestina; incluso con Pereda y su costumbrismo en el siglo XIX. Galdós se decantó claramente por el “Realismo tradicional español”, el cual responde mejor a la verdad humana, como ocurría en la picaresca, sobre todo en El Buscón. Para Galdós, las crudezas descriptivas pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo, lo cual resulta clave para entender su personal punto de enfrentamiento con el Naturalismo de Zola: la máscara burlesca ejerce una distancia espiritual en la percepción de la realidad cruda, la cual es necesaria antes que el objetivismo científico reclamado por el Naturalismo ortodoxo. Galdós venía a decir que el Naturalismo español, que concertaba lo serio y lo cómico, respondía mejor que el francés a la verdad humana; por eso mismo hablará de la realidad de la Naturaleza y del alma, conjunción copulativa que tácitamente rechaza el “materialismo zolesco”, añade Ayala. En definitiva, en su discurso inaugural de la RAE, expone su definición de novela: Imagen de la vida es la novela y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos (…) todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción”.

   En líneas generales y siguiendo a Ángel del Río, la trayectoria de Galdós podría definirse en términos generales afirmando que va de lo histórico y social a lo individual; de problemas generales, abstractos, a los problemas particulares del individuo y del alma humana; del realismo, que trata de de revelar lo interno por la descripción minuciosa, detallada, de lo externo, al análisis psicológico que penetra en el interior de la conciencia de sus personajes; de la materia al espíritu, y de un concepto positivista de la vida, la cual busca la verdad en los datos recogidos por la pura observación social del presente, a un espiritualismo religioso que ve en el presente y en la realidad simples manifestaciones temporales de los valores eternos que dan sentido a la vida humana: amor, justicia, hermandad entre los hombres…
 Su ingente producción alcanza treinta y dos novelas, cuarenta y seis Episodios Nacionales, veinticuatro obras de teatro y muchos artículos, cuentos y ensayos de crítica literaria. Su preocupación es la historia colectiva y personal, especialmente madrileña, pero también del resto de España, que conocía con detalle en su exterioridad y su historia. La libertad individual en política y creencias, la educación, el papel funesto de la Iglesia en las conciencias, el progreso, son sus temas predilectos. Define la clase media y simpatiza con movimientos progresistas como el Krausismo.

      El periodo revolucionario (1868 – 1874)

   También se conoce como “Periodo histórico”. A pesar de que muchos consideren que la producción de Galdós comienza con La sombra  (1867), es La Fontana de Oro  (1870) su obra más representativa de esta época. 
   Entre 1873 y 76 se vuelca con la primera serie de Episodios Nacionales.
 Galdós parte del Realismo para evolucionar al Naturalismo, como señalaron Casalduero y Shoemaker. Galdós veía a la clase media urbana contemporánea como filón inagotable para la novela, tratando de evitar el tono romántico del folletín.
   En 1870 y en “Observaciones sobre la novela contemporánea en España”, Galdós culpa al escapismo romántico el hecho de que España no estuviera a la altura de su tiempo y de los demás países de su entorno. Era necesario acabar con la fantasía ligera y los héroes de novela, cuando había una burguesía atractiva que estaba accediendo al protagonismo de la vida nacional y hacía frente a una aristocracia degenerada; aparte de un pueblo que se debatía entre las artes de la supervivencia, las modas efímeras y las permanentes esencias. Este proceso necesitaba de un cronista, de un crítico y de un narrador... Era necesario dar una nueva visión del mundo, aunque para ello el novelista tuviera que enfrentarse a la Iglesia.
Las obras de este periodo están escritas desde la perspectiva ideológica de una burguesía todavía en marcha ascendente, centrándose en algunos de sus principales obstáculos:
- El radicalismo.
- La reacción.
- El proletariado militante, que con su creciente aparición histórica pretende realizar su propia revolución por encima de la burguesía.
 Tanto La fontana de oro  como El Audaz son dos novelas históricas que muestran a Galdós el camino a seguir en Episodios Nacionales: en la primera se propone descubrir los procesos ideológicos, sociales y políticos operantes en la España de la época a través de la interpretación del pasado reciente de un modo didáctico (estaba el levantamiento liberal de 1820 a 1823 y la situación análoga de 1868).
Obras como La sombra tienen interés porque suponen un paso intermedio entre el Romanticismo y el Realismo: sueños, alucinaciones, desdoblamientos de personajes…Curiosamente muy cercanos a sus últimas producciones (El Caballero encantado o La razón de la sinrazón).
Las dos primeras series de Episodios Nacionales las escribe entre 1873 y 1879. Son novelas históricas en las que también mezcla personajes ficticios con reales y la historia real con tramas ficticias. La primera serie engloba “La Guerra de la Independencia” y la segunda se desarrolla en el “Reinado de Fernando VII”. Algunos personajes se van repitiendo en cada serie, con lo cual les da continuidad aquí hay una influencia de Balzac).
  Según Shaw, el principal problema de Galdós fue el equilibrio entre distintos aspectos:
- Entre sucesos históricos y ficción (la vida de sus personajes).
- Entre fuerzas ideológicas opuestas, sin sacrificar sus simpatías liberales.
- Entre narración e interpretación.

  Los primeros años de la Restauración (1875 – 1878)             

Con novelas como Doña PerfectaGloriaMarianela  y La Familia de León Roch  inicia este periodo que tratan casos de conciencia de tema religioso y anticlerical. Una serie de símbolos y alegorías sirven, como en Doña Perfecta, para subrayar la tesis religiosa. Movido por su talante progresista, Galdós muestra en sus primeras narraciones las consecuencias negativas de la intolerancia.
Surgen en esta época la segunda entrega de los Episodios Nacionales y un grupo de obras denominadas como novelas de tesis. A excepción de Marianela, Galdós toca en todas las novelas de tesis el tema religioso. La “cuestión religiosa” preocupaba a los dos bandos políticos enfrentados: liberales y conservadores. Se trataba del enfrentamiento claro entre dos pensamientos irreconciliables en aquel momento: progreso y religión.
 En comparación con los Episodios Nacionales, cada personaje es una síntesis de los muchos que aparecen en ellos. Se pasa de la denominada “técnica del mural”, en donde cada objeto o persona sólo tiene valor visto en el conjunto como elemento supeditado a la composición general, a la “técnica realista”. Trata de fundir lo social y lo individual en el carácter (personalidad del ser), reflejando al mismo tiempo el ambiente donde ese carácter se ha formado.
Una de las características de estas novelas de tesis es el maniqueísmo, la oposición de contrarios.
También se puede observar como característica que los personajes aparecen sin rasgos inherentes: se puede ver la evolución de los mismos al final, cuando ya se ha creado una imagen determinada de los mismos.
Ya por último, el autor es un director espiritual, de ahí la existencia del monólogo abundante y del discurso aclaratorio. Las intromisiones de Galdós son continuas y su partidismo se observa en numerosas ocasiones.
Galdós, según Shaw, estuvo interesado por la religión natural; no lareligión sobrenatural. No tragaba el fanatismo y carácter inquisitorial de la Iglesia Católica, ni su dogmatismo e intromisión en todos los asuntos de la vida cotidiana.
Dentro de estas obras, hay que diferenciar Marianela por no abordar el tema religioso y sí el social de las minas del norte de España. La ciencia con su poder liberador al devolverle el médico Teodoro la vista a Pablo, teniendo como complejidad la finalización del enamoramiento de Pablo por Marianela.

     La época del Realismo (1881 – 1891)         

Se inicia con La desheredada, 1881 y finaliza con Realidad, 1889.
La desheredada se publica en el mismo año que el liberal Sagasta sube al poder. Entre sus características, podemos observar lo siguiente:
- Introducción de elementos naturalistas:
 . Incorpora “elementos sórdidos” de la “realidad física y psicológica”.
 . Inclinación hacia la “herencia y el determinismo social” como factores determinantes de la conducta humana. Se desplaza a los barrios bajos de Madrid.
- El paso de lo abstracto a lo concreto. Se deja de ciudades ficticias para centrarse en Madrid.
-Movilidad social, en cuanto a que pasa de una sociedad cerrada y jerárquica, a una fluida y cambiante.
- Sus personajes pasan de ser tendenciosos a sutiles, con información a través de indicios.
- El diálogo se vuelve más realista, pasando al modo de ”habla popular”.
- Recurre a la técnica de reaparición de personajes.
- Se percibe un cambio en el estilo, tono y tema:
. Tiene un discurso más objetivo.
. Pierde predominio el tema religioso y adquiere más importancia la “dolencia social”.
. Significado profundo de la narración, con el empleo de nombres simbólicos como Máximo Manso en contraposición con Manolito Piedra.
. Enlaza la historia de España con “historias personales” de cada personaje.
Desde esta fecha, Galdós sigue el idealismo educativo de los krausistas y se perfila como el precursor del regeneracionismo noventayochista. Juegan un papel importante:
- El antagonismo de clases.
- Reivindicaciones sociales de la clase obrera.
 La novela cumbre es Fortunata y Jacinta (dos historias de casadas), escrita después de un viaje a Francia y que para Gilman es un Danza de la Muerte del siglo XIX, en la que  son llamadas a comparecer las más distintas personalidades y clases para oír su declaración, en un español oral, limpio y complejo.
Montesinos ha dicho que la obra es una “selva de novelas entrecruzadas”, es decir, tres o quizás cuatro: la primera sería “La boda de Juanito y Jacinta”. La segunda, “La boda de Fortunata y Maximiliano Rubín”. La tercera contiene “La pasión y muerte de la mujer”, con el enloquecimiento del marido, con un punto culminante en la maternidad de la heroína, que concibe un hijo de Juanito.
  Gullón ha visto una sucesión de triángulos afectivos cambiantes, donde Fortunata es la piedra que cierra la bóveda. Los personajes se encajan en una realidad política, económica y social muy tupida, que se presenta en continua evolución desde el asesinato de Prim, a la abdicación de Amadeo de Saboya; de la “Guerra Carlista”, a la “Restauración borbónica”, y este decorado externo pasa a ser parte de la ficción, donde “revolución, restauración” son títulos de capítulos que describen las tensiones entre las parejas. El paisaje es esencialmente madrileño. La figura de Fortunata crece pronto en la mente del lector y es la metáfora del pueblo, la pasión brutal, la llama pura, el latido feroz como una patada, la hermosura selvática e inextinguible, a pesar de la desgracia. La dulzura bondadosa de Jacinta ejerce sobre ella una gran fascinación y un ansia de emularla.
 Además, aparece en la obra una ingente multitud de mil quinientos personajes y una mina de detalles precisos sobre la vida cotidiana: 240 personajes de la aristocracia, 810 de la clase media y 499 del pueblo. Son cifras que señalan la intención de construir una novela de las clases intermedias. Es una historia de mujeres casadas con un sentido trágico que responde a las tensiones dialécticas entre personajes y sociedad. Juanito → burguesía; Fortunata  pueblo, se integran en un triángulo amoroso donde chocan las clases sociales en un decorado histórico reconocible, aunque quepan lecturas simbólico-mitológicas de la obra.

             El Idealismo (1891 – 1898)

Abriría un grupo novelas escritas en este periodo encabezadas por Ángel Guerra, de 1891, y lo cerraría El abuelo, de 1897.
Las novelas Ángel Guerra, Nazarín y Misericordia son antítesis de Torquemada, “nuevo inquisidor que abraza a la nación española”. Galdós vuelve al idealismo de sus primeras novelas, aunque de distinto signo, pues miran al futuro y no al pasado. Son personajes quijotescos que se estrellan contra el materialismo de la sociedad. En Misericordia y Nazarín desciende hasta los barrios bajos, reductos del amor y la generosidad.
Galdós propone una solución al problema social con un “socialismo evangélico” que, sin embargo, conduce a sus personajes al fracaso (Nazarín acaba siendo arrestado por la Guardia Civil).
Ángel del Río apunta que este idealismo no es una mera copia de Tolstoi o Dostoiesky, sino una evolución lógica de su arte y de su manera de ver la vida.
En esta época, Galdós se dedicará a igualmente a la creación de dramas y comedias. No tuvo el mismo éxito en este género, pero innovó y dio un paso definitivo hacia la modernización de diálogos

          Militarismo republicano (1898 – 1920)                     

  Los Episodios Nacionales, dramas y comedias ocuparán sus últimos años. Tan sólo escribió tres novelas: Casandra (1905), El caballero encantado (1909) y La razón de la sinrazón (1915).
  Coincidiendo con el “Desastre del 98”, Galdós da una nueva dirección a su vida y a su obra. Se trata, en palabras de Víctor Fuentes, de un carácter militante”, acorde con su pertenencia al Partido Republicano y posteriormente a la Conjunción republicano-socialista.
Obras de teatro como Electra (1901) o novelas como Casandra (1910) serán medios de combate a favor del republicanismo. La primera de ellas vincularía a Galdós con los modernistas primero y con los noventayochistas después, fundando ellos incluso la revista “Electra”.
Un aspecto noventayochista de Galdós será “Castilla, lo castellano y su paisaje”, un paisaje histórico en el que viven hombre reales, lejos del “campo idealizado, estático, refugio de escapistas idealizante” de Azorín. También se encuentra en él el concepto unamuniano de intrahistoria. El motor de la historia es ahora el pueblo (un cambio radical con respecto a su primera época).
En 1898 vuelve a retomar los Episodios Nacionales, obligado por su penuria económica tras el pleito con su socio y editor Miguel de la Cámara; sin embargo, su visión de la vida española ya es otra; pues la burguesía, en la que confiaba como agente de cambio, había traicionado los ideales de la Revolución del 68. Los últimos episodios, según Ángel del Río, penetran más en la realidad española, carecen del “romanticismo afectista de su primera época”, a la vez que sus recursos de narrador se han enriquecido.
 Tanto en esta última serie de Episodios Nacionales como en El caballero encantado se ve el antagonismo social.
  En El Caballero encantado, Galdós propugna una “síntesis socializante”, a la que se llegará mediante la identificación de las clases medias y altas (del sector progresista y juvenil de éstas, y tras una regeneración educativa) con el pueblo y sus aspiraciones.
 La influencia de Cervantes se hace evidente desde el mismo título, pasando por personajes y pasajes. Se puede ver en el libro realidad e imaginación, el realismo y la fantasía se interrelacionan a lo largo de ella…Lo que se ha llamado “realismo total”.  
A través de su desarrollo, quedarán plasmadas las diversas clases y sus integrantes: proletariado, campesinado, caciques, aristócratas…
Se denuncian varios asuntos como el caciquismo, fuente de corrupción política y social; la religión y el clericalismo; el absentismo; los políticos; el analfabetismo: uno de los grandes temas de Galdós es la “educación como instrumento, no ya para regenerar el país, sino para transformarlo”.
  El Caballero encantado entronca con la literatura e ideología regeneracionista. Tengamos en cuenta que su protagonista se regenera y que aparece el tópico de la “España enferma”; sin embargo, no está marcado por su pesimismo.

  En definitiva, Benito Pérez Galdós fue un canario más, con sus dudas, sus complejos y sus contradicciones. Fue otro ejemplo de “mente neblinada”, palabra con la que su paisano, don Manuel Alemán, define a aquellas personas que niegan o no ven su identidad porque un bosque españolista les tapa la realidad. Nuestro autor pareció ver la realidad al final de sus días, como lo hicieron en su momento Alfredo Kraus, Nicolás Estévanez Murpphy y tantos canarios que pudieron sentir su tierra como nación. 




















                       Fragmento de la versión cinematográfica de El abuelo, dirigida por José Luis Garci